El título del concurso es un juego de palabras, pero no lleva a engaño: ¡Ahora caigo! Y va y se cae. Es decir, que aquel concursante que falle las respuestas no solo no se lleva el premio, sino que recibe un soberano porrazo, resultado de abrirse una trampilla que lo precipita al vacío. El programa está bien: el presentador, Arturo Valls, es simpático y efectivo; las preguntas presentan un nivel de dificultad medio, lo que el telespectador medio agradece… Vamos, que funciona, y la prueba está en que, tras el éxito de audiencia logrado los martes, Antena 3 ha decidido que en unas semanas pase a emitirse a diario. Sin embargo, uno no puede evitar angustiarse al ver a los concursantes pensar, responder, hacer comentarios, con la mandíbula apretada y la sonrisa helada por la tensión que les provoca permanecer sobre un suelo tan inestable.
No sé qué pensarán ustedes, pero incluso quienes sabemos que la vida del concursante suele ser muy dura, quienes disfrutamos con las caídas espontáneas que nos ofrecen los programas de vídeos de primera, segunda y tercera e, incluso, las que inevitablemente se producen en otros concursos con disparatadas pruebas físicas, sufrimos un montón al ver a los participantes de ¡Ahora caigo! pasar por esa situación.
Y si aquí nos choca, no les cuento en aquel reality de Carmen Lomana, Las joyas de la corona (Tele 5). Porque después del ingente esfuerzo por pulir a tanto diamante en bruto, después de conseguir que dejaran de decir más tacos que palabras, que cambiaran su look de príncipes y princesas de barrio por el de jóvenes de lo más chic y que aprendieran lo que son los buenos modos… después de todo eso, sorprendía ver que a quienes no habían logrado la buscada perfección, el programa les castigara de una forma tan burda, tan poco educada y correcta como era abrirles la trampilla para mostrar su caída, completamente despatarrados y despojados de cualquier tipo de glamur.
De acuerdo, los concursos son eso y quienes se presentan ya saben a lo que se exponen. Forma parte del juego. Pero por más que le busco la gracia a tanta caída innecesaria, por más que lo pienso, la verdad, es que no caigo. Afortunadamente…













