La joven se dispone a servir. Bota la pelota. Una, dos veces. Para. Se lleva la mano a la cinta del pelo, se la recoloca. Vuelve a botar la pelota y vuelve a llevarse la mano a la cabeza. Se seca el sudor de la frente. El partido ha comenzado muy fuerte. Ha atacado desde el primer juego cada bola con una agresividad que pocos imaginaban. Al otro lado de la pista, su rival también ha respondido con lo que ha podido. Muchos espectadores se preguntan si la táctica que emplean les dará la victoria. O si juegan así porque sienten que lo tienen todo perdido y qué más les da la derrota. Aunque esta pueda ser la más dura de sus vidas.
La joven se dispone a servir. Bota la pelota. Una, dos veces. Para. Se lleva las manos a la cara. Se ha puesto a llorar. Le puede el dolor de saber que no ganará aunque el marcador pueda darle la razón, aunque el juez de silla anote a su favor todas las bolas polémicas. Le puede la expectación que ha generado el partido con sus declaraciones previas sobre el rival, con el que antes formaba equipo. Sabe que solo tiene a su lado al nuevo entrenador, el que le ha dicho que es la mejor del mundo, que solo hay una como ella; del que no duda, por dura que sea la táctica escogida: hay que pegar fuerte a la bola y ser más fuerte aún para esperar un revés del contrario.













