Un matrimonio artístico con futuro. Jörg Widmann, brillante discípulo del recientemente desaparecido Hans Werner Henze, y Carlus Padrissa, de La Fura del Baus, se abrazaban emocionados la noche del sábado en los camerinos de la Bayerische Staatsoper de Munich después del incontestable éxito de ‘Babylon’ , obra de nueva creación sobre el mito de la civilización babilónica. La euforia estaba justificada. El estreno de esta gran producción había demostrado, entre otras cosas, que hay espacio para una lírica del siglo XXI capaz de conectar con el espectador.
El aclamado compositor muniqués, de 39 años, expresaba sin tapujos al término de la representación el deseo de continuar su colaboración con el director catalán. Los dos se han conjurado para coincidir en un nuevo proyecto en el plazo más breve posible. En los días de estrecha colaboración de la preparación del montaje, se había fraguado una compenetración estética que, sobre todo en Alemania con un público más habituado a este tipo de propuestas, puede dar muchas satisfacciones a los directores de los teatros que quieren ir más allá de la ópera de repertorio. En esta ocasión, además, la tensión de la expectante première –el primer día había en la calle espectadores con cartelitos solicitando comprar una entrada– se vio multiplicada por las correcciones y entregas de última hora de la partitura, que obligaron a modificar sobre la marcha elementos del montaje.
Este improvisado ‘work in progress’ influyó sin duda en la excelente resolución de un equilibrado trabajo, calificado por el director musical de la producción y titular de la orquesta de la Bayerische, Kent Nagano, como el mejor de Padrissa en ópera contemporánea. En cierto modo es así, en cuanto a la mesura y contención expresadas en una obra que se prestaba para el uso y abuso de los recursos audiovisuales. Pero sería injusto olvidar el antecedente de la futurista puesta en escena realizada, hace dos años, por La Fura en Colonia con la monumental ‘Sontag’ de Stockhausen, que tenía el problema de una música de más compleja lectura escénica y la dificultad de tener que montar un obra de nueve horas, representada en dos días, desde un planteamiento de cinco diferentes historias.
Widmann es un compositor intuitivo y con una completa visión del espectáculo operístico. Su mayor mérito es haber encontrado respuesta musical a cada situación planteada en las siete escenas de la obra, bien acompañadas por un prólogo, un interludio y un epílogo. La yuxtaposición de estilos, con mezcla de reconocibles señas clásicas de los autores más representativos de la historia de la ópera unidas a la música moderna, con elementos de jazz, del musical y del folclore alemán, marcan con precisión los contrastes de una obra, con libreto del polémico filósofo alemán Peter Sloterdijk, que tiene una inusitada fuerza narrativa. A ella contribuye la fantasía de Padrissa y su equipo videográfico, al ingenio de Roland Olbeter y los inspirados vestuarios de Chu Uroz.
Los conceptos de destrucción y reconstrucción tan característicos de la historia de la humanidad y las señas de identidad de una cultura que marcó el inicio de la actual civilización 3000 años antes de Cristo aparecen nítidos en el relato, así como también el contraste entre dos pueblos, el judío y el babilónico, que coexistieron en la mítica ciudad. Un gran espectáculo que certifica, al revés de lo ocurrido con otras infumables nuevas propuestas, que la ópera rabiosamente contemporánea es mucho más que posible















