Un puñetazo en el estómago

Los soldados de 'Die Soldaten'. EFE / BARBARA GINDL.

Los soldados de 'Die Soldaten'. EFE / BARBARA GINDL.

Un puñetazo en el estómago. Esto es Die Soldaten, de Bernd Alois Zimmermann (1918-1970), una ópera desesperanzada, que no alumbra ilusiones sobre la condición humana, presente o futura. Es una ópera que desde las primeras estruendosas notas del preludio no deja indiferente.

Su programación da todo su sentido a un festival como el de Salzburgo. Y, tras asistir a su representación, se entiende perfectamente que sea considerada como una de las óperas capitales del siglo XX.

Zimmermann arrastraba varios traumas físicos y psíquicos causados por su experiencia como soldado de la Wehrmacht en el frente oriental (Polonia y Rusia) y en Francia durante la segunda guerra mundial.

Alfred Muff (Wesener) y Laura Aikin (Marie), en 'Die Soldaten'. RUTH WALZ / SALZBURGER FESTSPIELE.

Alfred Muff (Wesener) y Laura Aikin (Marie), en 'Die Soldaten'. RUTH WALZ / SALZBURGER FESTSPIELE.

El poeta Jakob Michael Reinhold Lenz (1751-1792) también estaba traumatizado por lo que vio en la década de 1770 sirviendo a unos soldados por varios cuarteles alsacianos y escribió Die Soldaten que calificó de comedia, pero que realidad era un drama.

El compositor puso música a aquella historia de degradación y de malversación de talento en la que vio reflejadas muchas de sus vivencias bélicas. Die Soldaten se estrenó en 1965 en Colonia después de que Zimmermann tuviera que oír que su ópera era irrepresentable.

La historia es la de una muchacha, Marie, prometida con Stolzius. A instancias de su padre, el comerciante Wesener, y con el objetivo de mejorar la fortuna y ascender socialmente, se rinde a los requerimientos del barón Desportes, un oficial del Ejército, dejando de lado al novio.

Cuando el barón se cansa de ella, la pasa a su guardabosque para acabar convertida en la puta del regimiento. Un día, una pordiosera se acerca a Wesener para pedirle limosna. El comerciante no se da cuenta de que aquella pedigüeña es su hija Marie.

Zimmermann quería mostrar “cómo los seres humanos, tanto los que encontramos a lo largo de la historia como en la vida diaria, inocentes en el fondo, son destruidos”.

Para el compositor, los soldados embrutecidos dispuestos a perpetrar todo tipo de sevicias y humillaciones en los demás son víctimas de las injusticias de la vida tanto como lo es Marie.

Laura Aikin (Marie), en 'Die Soldaten'. EFE / BARBARA GINDL.

Laura Aikin (Marie), en 'Die Soldaten'. EFE / BARBARA GINDL.

“¿Qué están aprendiendo estos caballeros?”, se pregunta el capellán del regimiento y uno de los oficiales responde: “Dejamos de ser hombres honorables tan pronto como entramos en el Ejército”.

 La música de Zimmermann es una música que va a los extremos. El compositor había hecho música dodecafónica para derivar en lo que él llamaba música “pluralista”, en la que también cabían otras formas y estilos, desde fanfarrias renacentistas a un coral de Bach, jazz o música electrónica.

En Die Soldaten hay todo esto y más, y para interpretarlo, la Filarmónica de Viena, dirigida por Ingo Metzmacher, se multiplicó y llenó el foso y unas plataformas laterales del Felsenreitschule (para entendernos, el escenario donde cantan los niños de Sonrisas y lágrimas). Este espacio adicional los filarmónicos lo compartían con un combo de jazz.

Las partes vocales son de una dureza y dificultad extremas. Las tesituras, los  saltos de intervalos, los abundantes sobreagudos parecen inhumanos. El mismo Zimmermann era consciente de esta dificultad y sugería que en el cuarto acto se grabaran unos momentos de altísima exigencia para proteger la voz de los cantantes.  

En las indicaciones de la partitura Zimmermann anotó que el tiempo en el que transcurre la acción es “ayer, hoy y mañana.” Alvis Hermanis, el director de escena, la sitúa en un tiempo identificable con el antes y durante la primera guerra mundial lo que le permite sacar el máximo rendimiento del Felsenreitschule, que fue escuela de equitación excavada en la montaña.

Anna-Eva Köck (Madam Roux) y unos soldados en 'Die Soldaten'. RUTH WALZ / SALBURGER FESTSPIELE.

Anna-Eva Köck (Madam Roux) y unos soldados en 'Die Soldaten'. RUTH WALZ / SALBURGER FESTSPIELE.

En aquella guerra el caballo todavía era importante y en un segundo plano del escenario unos mozos pasean a varios de estos animales que también sirven para sumar pinceladas eróticas a la representación.

La amplitud del escenario permite situar las escenas simultáneas que se van produciendo en la ópera y al mismo tiempo proyectar unos daguerrrotipos considerados pornográficos en su día para acabar mostrando fotos con los efectos causados por las enfermedades venéreas en una época en la que no existía la penicilina.

Hermanis sabe perfectamente cómo captar la atención del público y hacerlo además generando un estado de ansiedad. En este sentido la incorporación durante un interludio orquestal de una funambulista vestida como Marie que recorre el escenario de punta a punta a unos diez metros del suelo, explica a la perfección la cuerda floja figurada que recorre la protagonista antes de caer en su desgracia.

 Laura Aikin (Marie), Tanja Ariane Baumgartner (Charlotte), en 'Die Soldaten'. RUTH WALZ / SALZBURGER FESTSPIELE.

Laura Aikin (Marie), Tanja Ariane Baumgartner (Charlotte), en 'Die Soldaten'. RUTH WALZ / SALZBURGER FESTSPIELE.

Otro acierto es el uso de abundante paja que además de vincular la acción a aquella guerra y a los establos del Ejército y de crear un lugar donde retozar, era también una cortina que evitaba al espectador la crueldad, por ejemplo, de la violación de Marie.

Todo el elenco vocal, muy numeroso, hizo una gran interpretación. Además de la soprano Laura Aikin, con un registro vocal amplísimo, que dio vida a la protagonista en un agotador ejercicio musical y físico, merecen ser citados el barítono Tomasz Konieczny que encarnó con su bella voz al abandonado Stolzius y, muy particularmente, la soprano Gabriela Benacková en el papel de la Marquesa de la Roche. La facilidad con la que atacaba los continuados sobreagudos era casi insultante.

Die Soldaten es una ópera que no se acaba. El sonido, que a veces ha sido ensordecedor, se va extinguiendo poco a poco. Con sus dedos, Metzmacher parecía apagar un interruptor invisible para ir acallando uno a uno los instrumentos.

Silencio. Nos quedamos todos clavados en los asientos, noqueados, como si realmente nos hubieran dado un puñetazo en el estómago. Después, aplausos a rabiar.

 Zimmermann se suicidó a los 52 años.