
Robert Gleadow (Leoporello) y Carlos Álvarez (Don Giovanni), en el Festival de Peralada, el 5 de agosto. JOSEP AZNAR.
Es un auténtico placer oír de nuevo la voz del barítono Carlos Álvarez recuperado de la dolencia que le ha mantenido durante demasiado tiempo alejado de los escenarios. Es un placer hacerlo en Peralada. El teatro al aire libre del festival no reúne las mejores condiciones para una representación operística, pero tiene a su favor la belleza y placidez del lugar cuando el tiempo acompaña.
Y acompañó en la noche del domingo día 5 pese al alarmismo de unas tormentas anunciadas que no llegaron hasta la mañana siguiente, cuando Don Giovanni ya hacía rato que se había reído de todo y de todos en su última aparición en el escenario.
Este final de Don Giovanni, de Mozart, representado en el festival acababa así, de una forma poco ortodoxa. No hay dissoluto punito. El libertino no recibe su castigo y tampoco hay el sexteto final con la moraleja de la historia. Sin expiación no hay enseñanza de la que aprender.
Esta ópera mozartiana ha tenido y tiene lecturas para todos los gustos y desde todos los ángulos posibles. La que hace Roland Schwab en su puesta en escena pese a un claro punto de partida resulta contradictoria y confusa en algunos aspectos.
Considera que el protagonista es un hombre de múltiples facetas –lo que es muy cierto–, y que es imposible representarlas con un único intérprete. Por ello, llena el escenario de figurantes que replican al personaje. Pero al mismo tiempo, su Don Giovanni es unidimensional. De él nos llega únicamente su capacidad sexual para inflingir dolor. Es un don Juan que resulta primo-hermano del marqués de Sade.
El montaje, que procede de la Deutsche Oper berlinesa, quiere remitir a la actual escena nocturna de Berlín –o de cualquier otra gran ciudad— donde los juegos eróticos se disparan en una escalada de peligrosidad.
Hay referencias cinematográficas a dos películas de alto voltaje violento y perverso como son La naranja mecánica (los bombines en el segundo acto), y Funny Games (los omnipresentes palos de golf). Pero este querer superar los límites crea momentos confusos. Por ejemplo, cuando el protagonista seduce a Zerlina en el dueto Là ci darem la mano, lo hace acariciando a Donna Elvira.
Resulta divertido que el hiperactivo protagonista tenga que recuperar energía (se supone que física y mental) y lo haga recurriendo a la meditación budista con la posición de loto en los momentos en que son los otros personajes los que actúan.
Con un decorado y vestuario en los que domina el negro, salvo el blanco que aparece con los novios Zerlina y Masetto, y pese al movimiento de cantantes y figurantes, este Don Giovanni tiene dificultades para atrapar al espectador.

Gleadow (Leoporello), Álvarez (Don Giovanni) y Ana María Martínez (Donna Elvira), en Peralada, el 5 de agosto. JOSEP AZNAR.
Los momentos de descoordinación entre orquesta, que era la de la Deutsche Oper dirigida por Guillermo García Calvo, y los cantantes tampoco ayudaron. Por ejemplo, en la célebre aria del catálogo, Robert Gleadow (Leoporello) estaba demasiado ocupado en moverles la hamaca a los figurantes. También Jana Kuruçova (Zerlina) y Marko Mimica (Masetto) tuvieron dificultades con la orquesta.
Carlos Álvarez demostró aquello de que quien tuvo retuvo, mientras Patrizia Ciofi (que parecía vestida por su peor enemigo) fue una Donna Anna algo apagada al principio pero que fue ganando en firmeza vocal hasta tener que compartir el aria Non mi dir con una cantarina cigüeña que volaba por el parque.
Ana María Martínez fue una eficaz Donna Elvira dispuesta siempre a perdonarle todas las traiciones y, en este caso, todos los dolores a don Juan.
El papel de Don Ottavio es uno de esos papeles con hermosas arias pero que a veces parecen un florero. Philippe Talbot cantó Dalla sua pace con una bella voz aunque poco emocionante, mientras que el director de escena le escatimó su otro gran momento de lucimiento que es Il mio tesoro.
Con el planteamiento de Schwab no encaja ni esa aria ni el sexteto final, pero no hay que rasgarse las vestiduras. El mismo Mozart en su versión de la ópera para Viena ya los había eliminado.
Una mención especial merece el Cor de Cambra del Palau de la Música dirigido por Josep Vila Casañas.
Pese a los peros apuntados, como decía al principio, fue un placer estar en Peralada, por Carlos Álvarez, por el lugar y porqué el festival ha recuperado la apuesta operística que se había diluido en los últimos años. Traer a la Deutsche Oper de Berlín es toda una declaración de esta voluntad.














