Ocurre pocas veces, pero cuando se toca el cielo, el recuerdo queda grabado en la memoria personal de forma indeleble. No es fácil que se borre. Lo que ocurrió el viernes, día 18, fue uno de estos raros momentos que se prolongó durante poco más de una hora y cuarto en la canónica de Vilabertran.
El mago que hizo levitar al público fiel de la Schubertiada era el barítono alemán Matthias Goerne, acompañado al piano por Alexander Schmalcz. Sin quitarle méritos al cantante –¡dios me libre!–, hay que poner bien alto el nombre del pianista porque voz y piano se fundieron en una interpretación en la que era imposible disociar la una del otro.
El repertorio escogido por Goerne fue poco habitual. No porque se tratara de piezas poco conocidas. Lo atípico fue el intercalar canciones de dos compositores como Robert Schumann y Gustav Mahler, y hacerlos dialogar en función de un hilo argumental que empezaba con el amor a través del recuerdo del perfume de un tilo (Ich atmet’ einem linden Duft, de Rückert-Mahler), y progresaba hacia una muerte presentida como en (Nachtlied, Goethe-Schumann), en algunos Kindertotenlieder (Canciones a los niños muertos) de Rückert-Mahler, o en Des Knaben Wunderhorn (El cuerno mágico del niño), también de Mahler, con texto de Arnim y Brentano.
Esta progresión encontraba su final en la guerra, al desembocar en la tragedia de unos soldados que saben que van a su fin, como el joven de Der Soldat (Hans Christian Andersen-Schumann), los granaderos de Die beiden Grenadiere (Heine-Schumann) o el tambor mayor de Der Tamburg’sell (Arnim y Brentano- Mahler).
La belleza de la aterciopelada voz de Goerne, la nitidez de su canto, la intensidad de la interpretación acompañada de sus sutiles movimientos que parecen un insinuado ballet, el poder de su mirada, todo sumó para que el recital fuera una experiencia única.
Y la compenetración entre Goerne y el público fue tal, ya desde el primer momento, que los asistentes entendieron sin necesidad de que nadie se lo explicara que el barítono iba a interpretar los lied que formaban las tres partes en que se dividía el programa sin interrupción. Resultaba obvio que aquello no se podía detener, que debía fluir hasta su resolución final.
Pero hay algo más que explica la entrega total de Goerne y la comunión con el público. La Schubertiada de Vilabertran ha sido testigo y al mismo tiempo impulsora de la carrera internacional que ha llevado al barítono a las cotas más altas del liederismo desde que llegó por primera vez al festival en 1993, cuando era un perfecto desconocido.
Desde entonces, la fidelidad del cantante al festival ha sido total con la excepción de los dos últimos años. El viernes, en su retorno ampurdanés, con toda la iglesia puesta en pie, quiso compartir los aplausos con la persona que creyó en él desde el primer momento, con Jordi Roch, el presidente de Juventudes Musicales de España y director del festival que en el verano de 1992 viajó cerca de Hamburgo para escuchar a un joven desconocido que podía tener futuro. ¡Y qué futuro!
Goerne bajó del entarimado para buscar a Roch, volver con él al estrado y fundirse ambos en un emocionado abrazo. Fue el abrazo de dos magos.















