
El Palau de les Arts Reina Sofía ha acogido hoy el ensayo general Don Giovanni, de Wolfgang Amadeus Mozart. El polifacético Jonathan Miller es el autor de la puesta en escena de la primera gran producción de una ópera del genio de Salzburgo del centro de artes.
Expectación en el Palau de les Arts para ver la representaciones de ‘Don Giovanni’. El montaje de la ópera de Mozart tenía un doble interés. Por una parte se recuperaba la propuesta prevista para la temporada inaugural, en el 2006, y que solo se llegó a ofrecer en versión concierto por culpa de una avería de la maquinaria escénica tras inundarse los bajos del coliseo; por la otra, estas funciones que culminarán el próximo día 9 corresponden a la única producción propia en un año de drásticos recortes. Otro aliciente añadido era que el coliseo de Calatrava completaba la trilogía de genio de Salzburgo con el libretista Lorenzo da Ponte, después de haber ofrecido ‘Le nozze di Figaro’ y ‘Cosi fan tutte’.
El hecho de contar en la dirección musical con Zubin Mehta y con Jonathan Miller en la escénica aparecían a priori como garantía de unos resultados mucho mejores que los alcanzados. Pero sea por la actual escasez de medios económicos, reflejada en un austero y gris escenario con un patio y tres fachadas de cartón-piedra donde se desarrolla permanentemente toda la acción, con la única inclusión de una mesa para la celebración de la cena entre el protagonista y el Comendador, o sea por la pobreza de ideas de Miller, que ni siquiera parece haberse molestado en trabajar el rol actoral de unos cantantes sometidos a un irritante estaticismo, la realidad es que la desnuda producción resulta tan aburrida como desangelada.
Ni rastro del cementerio, ni del salón del palacio para la fiesta de Don Giovanni, por no hablar de otros desajustes directamente relacionados con una puesta en escena que castiga la vivacidad combinada con los tintes de tragedia de la universal obra de Mozart. Y es una pena, porque había suficientes mimbres como para elaborar el cesto de un buen espectáculo. Para empezar, la orquesta y coros del teatro volvieron a rendir, como es habitual, a un buen nivel aunque algo menor al de otras ocasiones. La buena interpretación de la obertura hacía presagiar mejores resultados posteriores, pero el ensamblaje con los intérpretes no fue tan bueno como otras veces, sobre todo en las escenas de conjunto. Por otro lado, un reparto de irregular configuración pero especializado en el canto mozartiano tenía suficiente entidad como para sacarle mejor partido vocal y dramatúrgico a la producción.
Don Giovanni (el bajo Nicola Ulivieri) no acabó de imponer su perfil del tipo libertino, dominador y chulesco que requiere el personaje, pero en toda la función exhibió un buen fraseo y un notable volumen de voz. Tampoco el criado Leporello (el discreto bajo.barítono David Bizic), por momentos presentado como demasiado parecido a su amo, logró convencernos. Sin pizca de gracia y picardía deambuló por escenario siguiendo las pautas que le habían marcado.
La Donna Elvira de la messo Sonia Ganassi estuvo decididamente condenada por la dirección de Miller. En el primer acto se movió como perdida y sin encontrarle el pulso a su papel de mujer enamorada. Incluso, pese a sus reconocidas cualidades, pareció limitada en sus recursos vocales. Por suerte, se creció en la segunda parte. La pareja formada por Donna Anna (Anna Samouil) y Don Ottavio (Dmitri Korchak) fue de lo mejor de la noche. Ella mostró una buena técnica, excelente afinación y facilidad para los agudos, pero también nula actitud escénica –aparecía siempre igual, tanto si acababa de ser violada como si su padre había muerto–, y él exhibió un canto luminoso gracias a su bello color de voz.
Zerlina (Rosa Feola) fue de menos a más, pero lució un buen timbre y una interpretación capaz de transmitir emociones. Masetto (Simon Li) defendió simplemente su papel, pero sin llegar a brillar. El mejor del reparto fue, sin duda, Alexander Tsymbalyuk, al que acabábamos de ver en Munich como Timur en ‘Turandot’, encarnando al Comendador. Fue justamente el más aclamado. Con su enorme voz de bajo llegó sin dificultad a cualquier tesitura, proyectando con fuerza las notas..
En resumen, una revisión del mito mozartiano lastrada por una mala dirección escénica, aunque la interpretación orquestal del pasaje en el que Don Giovanni es devorado por las llamas del infierno, sustituida por unos muertos vivientes que se llevan al protagonista, interpretada antes de que aparezcan el resto de los personajes en la escena final, acabó dejando un buen sabor de boca. Ya se sabe que con Mozart y unos buenos músicos se pueden paliar hasta los daños colaterales.










