Un completo de Kaufmann en Peralada

Jonas Kaufmann, durante la primera parte del concierto que ofreció en Peralada, el 22 de agosto. JOAN CASTRO.

Jonas Kaufmann, durante la primera parte del concierto que ofreció en Peralada, el 22 de agosto. JOAN CASTRO.

Juntar en un mismo programa la visceralidad del verismo más arrebatado con el Wagner más espiritual, ser Turiddu y al poco rato Lohengrin, es como el agua y el aceite. No se mezclan. ¿O sí? Si quien canta es Jonas Kaufmann, resulta que sí, que las leyes de la física no se aplican a su arte.

En el cierre de festival de Peralada, el 22 de agosto, el tenor alemán sacó el muestrario de todas sus posibilidades vocales ajustadas a su actual repertorio y el resultado, considerando además las limitaciones de un concierto al aire libre, dio la medida de lo que Kaufmann es capaz de hacer ahora mismo, que es muchísimo, y abre la mirilla a lo que podrá hacer en el futuro.

Demostró también mucha profesionalidad al montar el programa. Tratándose de un festival de verano y de un público heterogéneo podía haber ido a lo fácil, a presentar una selección de arias bien conocidas y poco comprometidas vocalmente. Hubiera cumplido, hubiera cumplido bien y todos contentos. Pero no lo hizo. Montó un programa que no rehuía la dificultad ni las arias poco frecuentadas.

Empezó con la nada fácil aria Cielo e mar de La Gioconda (Ponchielli) y prosiguió con un compositor poco interpretado, Riccardo Zandonai, perteneciente a una generación para la que el verismo fue un tapón que impidió y sigue impidiendo su presencia regular en los escenarios con alguna excepción como la Francesca da Rimini del propio Zandonai. Pero Kaufmann prefirió ofrecer una rareza mayor de este compositor, el aria Giulietta! sono io! de Romeo e Giulietta lo que le permitió mostrar toda su capacidad dramática en el momento en que Romeo descubre la muerte de su amada.

Kaufmann y detrás, el director Jochen Rieder, durante la tanda de bises al final del concierto ofrecido en Peralada el 22 de agosto. JOSÉ AZNAR.

Kaufmann y detrás, el director Jochen Rieder, durante la tanda de bises al final del concierto ofrecido en Peralada el 22 de agosto. JOSÉ AZNAR.

El tenor alemán es el Don José del momento. Ha venido a Peralada en un descanso de las representaciones de Carmen programadas en el festival de Salzburgo. De esta ópera interpretó La fleur que tu m’avais jetée y lo hizo con unos pianos tan pianissimos que la intimidad se apoderó del gran espacio al aire libre. Podía ser la pieza menos adecuada a las condiciones del lugar, pero pese a todo funcionó.

Y del rendido, herido y desconcertado enamorado de Bizet pasó a interpretar el enamorado infiel que sabe que, sabiendo que va a morir en un duelo a muerte, en la mejor tradición siciliana, a manos del marido carnudo, reclama el último beso de la mamma en Mamma, quel vino è generoso de Cavalleria Rusticana. La pasión con la que cantó la despedida de Turiddu regulando los piano y los forte dejó al público boquiabierto. Fin de la primera parte.

En la segunda, empezó con Un dí all’azzurro spazio, también conocida como LImprovviso, de Andrea Chènier. Si en la ópera esta aria es un reto importante, por la dificultad intrínseca y porque es lo primero que canta el tenor nada más salir a escena, Kaufmann tenía en este caso la ventaja de que ya llevaba rato ante el público.

La traca final llegó con Wagner. Primero con el Winterstürme de La Valquiria y después con In fernem Land, el racconto de Lohengrin. El futuro wagneriano del tenor se anuncia brillante. Las muestras que había ofrecido hasta aquel momento del repertorio italiano y francés se le habían dado estupendamente, pero el alemán parece hecho a su medida.

Hasta aquí hemos hablado solo de Kaufmann, pero la estrella de la noche estaba acompañada por la Orquesta de Cadaqués, dirigida por Jochen Rieder, un director con quien el tenor ha hecho varios conciertos. Se conocen y esto es importante. Entre ellos había camaradería y complicidad.

El formato de la velada era el de alternar partes orquestales con las cantadas por el tenor. Y hubo de todo un poco. En los extractos de las suites nº 1 y 2 de Carmen la formación orquestal tuvo momentos que hacían temer lo peor, pero cuando se llegó a Wagner, de quien interpretaron los preludios del primer y tercer acto de Lohengrin además de acompañar las piezas que cantó Kaufmann, la formación se había recuperado.

Si durante el concierto Kaufmann había sido muy profesional, una vez acabado fue muy generoso con el público al que regaló nada menos que cinco propinas. Hasta entonces había ofrecido dos extremos, verismo y Wagner, lirismo y dramatismo. A partir de entonces y con las mangas arremangadas demostró que en su muestrario también cabe la opereta vienesa y la canción napolitana.

O sea, un completo.