Tocar la Sixtina con las manos

La bóveda de la Capilla Sixtina. XAVIER JUBIERRE.

La bóveda de la Capilla Sixtina. XAVIER JUBIERRE.

Yo no sé lo que es tocar el cielo con las manos, pero sí sé lo que es tocar los frescos de Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina, que ahora cumplen 500 años, y debe ser lo que más se le aproxima.

Fue una mañana de febrero de 1987, cuando la ingente restauración de aquella obra extraordinaria estaba en su ecuador tras siete años de trabajos. Un reducido grupo de periodistas pudimos subir por el traqueteante montacargas situado en medio de la capilla para salvar los 20 metros de altura desde el suelo hasta la plataforma móvil. Allí los técnicos limpiaban la gruesa capa de mugre acumulada durante siglos mezclada con los productos utilizados en restauraciones anteriores.

Ver a un palmo de la nariz cómo Adán y Eva son expulsados del paraíso es algo que no se olvida, pero lo que de verdad me impresionó fue pensar que allí mismo, 500 años antes, estaba Miguel Ángel con sus pinceles haciendo aquella obra sublime y que la hacía en unas condiciones físicas extenuantes como él mismo, solitario y cascarrabias, describió detalladamente en una carta a un amigo florentino.

El momento de la visita a la restauración coincidía con el de las grandes polémicas sobre el proyecto. Las mayores objeciones procedían de expertos estadounidenses. Pasados los años, da la impresión que lo que más molestó a los críticos, especialmente los del otro lado del Atlántico, fue la masiva presencia japonesa.

Fue el propietario de un emporio televisivo japonés quien desembolsó los tres millones de dólares que debía costar la restauración a cambio de tener los derechos de filmación y reproducción de todo el proceso.

Pecado original y expulsión de Adán y Eva del Paraíso.

Pecado original y expulsión de Adán y Eva del Paraíso.

Arriba, en la plataforma, Gianluigi Colalucci y Fabrizio Mancinelli, responsables de la restauración, se defendían de las críticas. Algunas las firmaban Andy Warhol, Christo o Robert Rauschenberg.

En el momento de la visita ya había finalizado la limpieza de los lunetos que habían mostrado al mundo unos colores y una luz inesperados, en el otro extremo de la opacidad que tenía toda la bóveda antes de la restauración. Este colorido y luminosidad eran uno de los grandes motivos de la crítica que olvidaba que eran precisamente los colores del manierismo florentino de la época que Miguel Ángel conocía a la perfección.

Era una luz y unos colores que Giorgio Vasari en su imprescindible Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue a nuestros tiempos, publicado en 1550, ya saludaba. Decía que aquella magna obra era “el faro que tanto ayudó a iluminar el arte de la pintura, que ha devuelto la luz a un mundo que ha vivido durante siglos en un estado de tinieblas”.

Ver los frescos a un palmo de distancia y poder tocarlos es muy emocionante, pero no es la mejor forma de disfrutar de aquella obra. Lo que la hace única es el grandioso conjunto visto desde abajo, pero poder admirarla con sosiego que es lo que pide, es imposible cuando diariamente circulan por la capilla más de 15.000 visitantes.