Roma según Valentinus

No es un libro para principiantes, ni para quienes tengan prisa. Cada día sale un nuevo volumen sobre Roma y se vuelve harto difícil aclararse entre tantas páginas, puntos de vista y, a veces, improvisación. Con la mejor  voluntad del mundo, hay personas que escriben un libro sobre Praga, Atenas o Roma después de haber estado en ellas quince días o incluso menos.  A veces encuentran incluso un crítico que les halague, lo que suele resultar pernicioso. Muchos citan los viajes de Wolfang A. Goethe, Heinrich Heine, Michele de Montaigne o  Stendhal, tal vez  para dar lustro a sus prosas no decadentes sino decaídas. “Quod non est in intellectu, suficit in trompetis”, decían los viejos latinos.

“Roma, paseo por la eternidad” (Ed. Grup 62) de Valentí Gómez i Oliver es un libro diferente. Sin pretensiones, escrito con la modestia que inspira a los buenos reporteros y con la cultura de quien ha leído otras páginas que las de la enciclopedia Wiki. Es inútil adoptarlo como guía para visitar Roma, no sirve. Parecerá cansado, fatigoso, erudito. Algo que no se conjuga con las prisas de la  contemporaneidad. Ese “paseo por la eternidad” es un libro para leer sentado.

Quien lo haga debería tener la cabeza bien puesta y saber prescindir de las terroríficas alarmas  sobre los diferenciales de los bonos cuando no explican qué está sucediendo más allá de las narices. Es útil para los que, frente a la crisis actual, saben no perder el norte de la brújula, ni los nervios, y mirar más allá. Aunque el sueldo no alcance a fin del mes. Aunque, por difícil que resulte.

Las identidades

El volumen es un poti-poti caótico, como diría Josep Pla. Igual que la ciudad y su presente, insertado uterinamente en su pasado. Está concebido como jornadas o paseos por Roma, aunque nadie caiga en el espejismo: son imposibles de realizar. Constituyen más bien unas caminatas ideales, a las que el autor introduce lentamente, testarudamente, para contarle a uno historias de la ciudad a partir de un capitel, una columna, un pórtico, un obelisco o una estatua. Como haría un amigo que conozca el lugar y se preste a acompañarle a uno, parándose de vez en cuando a descansar, tomar un espresso u observar el trajín de los visitantes. El amigo imaginario comienza hablando de una columna para seguir relatando la vida del emperador que la mandó colocar allí, mientras que la historia de una de las estatuas parlantes de Roma le lleva hasta el chismorreo o la indignación actuales. Con la vista puesta, más allá de la anécdota, en la identidad. Sea la de la ciudad o la de cada uno.

Ilustración del autor

Ilustración del autor

El autor afirma estar enamorado de los relatos de Johann W. Goethe  sobre Roma e Italia y que en ellos, idealmente, modestamente se inspira, pero en realidad sigue a Stendhal. En su viaje a Italia, Goethe relata una Roma subjetiva, como la de los neoburgueses que buscan confirmación de sus ideas en cada una de las piedras; mientras que Stendhal ejerce de cronista. “Las ciudades no existen si no es por la gente que las habita”, escribió Sófocles y Stendhal-Valentinus escuchan a los romanos, hablan de ellos, de cómo se mesuran con sus columnas, estatuas y vírgenes callejeras. De cómo la ciudad eterna, machaconamente reinterpretada por muchos autores, es, en realidad, una ciudad abierta, como diría Roberto Rosellini. Sólo así el paseo por Roma se trueca en un paseo por la discreta, tal vez insatisfactoria y casi siempre fatigosa realidad de cada uno, lo que algunos llaman paradójicamente un paseo por eternidad.