René Pape, un bajo en lo más alto

El imponente bajo René Pape, acompañado al piano por Camillo Radicke, durante su recital el domingo en el Liceu.  A. BOFILL

El imponente bajo René Pape, acompañado al piano por Camillo Radicke, durante su recital el domingo en el Liceu. A. BOFILL

Ambiente frío como el de la tarde del domingo para recibir la visita de René Pape, el mejor y más completo bajo del actual panorama lírico. El arte de este gran cantante alemán, de poderosa voz que proyecta a la perfección aunando fuerza y sensibilidad, merecía una mejor acogida que ese algo más de la mitad del aforo conseguido, pero por lo visto hubo muchos que pensaron que la temprana hora del recital en un día festivo y el hecho de que este estuviera consagrado al ‘lied’ no invitaban a salir de casa. Lástima, porque valió la pena disfrutar del exquisito recorrido por los ‘lieder’ de Schubert, Wolf y Schumann interpretados con un absoluto dominio del género por parte de este soberbio artista, bien acompañado al piano por Camillo Radicke, aunque hubieran brillado más en un marco intimista como el de la Schubertiada de Vilabertran.

        Pape, un tipo de gran presencia escénica aunque aparentemente distante, se entregó sin reservas. Sin tener la calidez y profundidad del barítono Matthias Goerne a la hora de dar vida a estas piezas, supo sin embargo transmitir emociones y sensaciones. Y el mérito es que lo consiguió con una voz muy grave más apropiada para intimidatorios roles operísticos que para la poesía que late en estas pequeñas obras. A pesar de ello, oyéndolo en este repertorio acabamos olvidando al intérprete de los héroes wagnerianos –aún recordamos su perfecta recreación del Hundig de ‘La valquiria’, en la versión concierto ofrecida en el 2010 en el Liceu– o de papeles de la envergadura de Escamillo, Sarastro, Mefistófeles, Don Giovanni y tantos otros a los que sigue dando brillo.

        El empeño de imponer su libro de estilo desde el primer momento del recital le llevó a empezar con un excesivo derroche canoro en las tres piezas de ‘Schwanengesang’ (‘El canto del cisne’) de Schubert. En la impetuosa ‘Aufenthalt’ expresó con fuerza sentimientos de angustia dirigiéndose a la naturaleza próxima, mientras que en la popular serenata ‘Ständchen’ exhibió lirismo y sensualidad. Concluyó esta primera entrega con ‘Der Atlas’, un lamento trágico sobre el dolor que puede soportar el ser humano en la desgracia.

        Con la voz más caldeada se enfrentó a tres ‘lieder’ de Hugo Wolf, mostrando en ellos su faceta más recogida y siendo especialmente aclamado en el cierre de esta tanda, antes de regresar a otras ocho seleccionadas piezas de Schubert. En ellas se mostró, siguiendo el espíritu de las obras, reflexivo, romántico, nostálgico, naturalista y satírico. Además, rindió homenaje a la música y a las musas y culminó este apartado, pletórico de bellas melodías, con la mitológica ‘Prometeo’ en la que pudo desplegar la riqueza de los matices de su voz, incluyendo sus potentes agudos.

        Pero donde estuvo sembrado fue con los delicados ‘Dichterliebe’ (‘Amor de poeta’) de Schumann, a pesar de tener que retrasar la interpretación por culpa del sonido de un móvil que alguien se olvidó de apagar. En esta fase es cuando mejor comunicó con el público. Las canciones basadas en 16 textos del poeta Heinrich Heine, originalmente escritas para soprano y contralto pero también cantadas por barítonos y ocasionalmente por bajos, fueron interpretadas con la modélica contención que requiere este ciclo, una de las más reconocidas joyas del repertorio romántico.

        Los reiterados aplausos del final propiciaron dos propinas, ‘Zueignung’ de Richard Strauss y una hermosa canción de cuna de Schumann que complacieron a una sala finalmente ya entregada a este gran bajo que demostró una vez más estar en lo más alto.

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