L’enfant et les sortilèges es una obra poco representada. Pese a que tiene a su favor una gran partitura de Maurice Ravel que es un muestrario de toda la música que se hacía en las primeras décadas del siglo XX, desde el neoclasicismo al jazz y la música atonal, dos obstáculos, aunque ninguno de los dos es insalvable, juegan en su contra.
El primero, fruto de la partitura, es la necesidad de una gran orquesta con numerosos solistas y dos coros. La segunda nace del libreto escrito por Colette y es la dificultad de la puesta en escena que requiere dar vida a numerosos animales y objetos inanimados.
El pianista Didier Puntos, enamorado de la obra de Ravel, pero al mismo tiempo consciente de los problemas, hizo hace más de 20 años una versión de cámara con piano a cuatro manos, flauta y violonchelo. Desde entonces se han hecho casi 300 representaciones de este Enfant más intimista.
Las últimas son las que presenta el Festival de Aix en Provence dirigidas por el mismo Puntos desde el piano que comparte con Michalis Boliakis. Es un formato que se adapta a la perfección al pequeño teatro del Jeu de Pomme de la ciudad provenzal, un monumento histórico que se empezó que data de 1756 con la forma de un teatro a la italiana cuya capacidad no llega a los 500 espectadores.
Colette había hecho mucha literatura de su propia infancia. En realidad esta literatura es la que le dio la fama. L’enfant es una emanación más de este viaje nostálgico a un pasado. Es la historia del niño malo que no hace los deberes, motivo por el que su mamá le castiga encerrándolo bajo llave en la habitación. La reacción del niño es la de hacer trizas todo lo que hay en el cuarto, desde la taza hasta los libros.
Pero lo objetos rotos toman vida, lo mismo que los animales y los árboles a los que antes había martirizado, para recriminarle sus maldades. Ante lo que ve, el niño está a medio camino entre la estupefacción y el temor. Al final vence este último sentimiento con un apagado grito de ¡mamá! hecho audible con la ayuda de sus víctimas que al final llegan a la conclusión de que en realidad tiene buen corazón.
Todos los cuentos infantiles o sobre la infancia tienen su lado oscuro junto al más amable. En el 2004, el Liceu presentó una versión de esta fantasía lírica dirigida escénicamente por Jorge Lavelli que se inclinaba por al lado más juguetón de la historia. En Aix, Arnaud Meunier opta por el lado oscuro.
Para empezar, el niño no queda encerrado en su habitación sino en un granero polvoriento y destartalado. La tetera queda convertida en un enorme pene y la taza es el pecho de la mezzosoprano. Los árboles y los animales son seres lunares, oscuros.
El decorado, la iluminación y el vestuario contribuyen a esta visión lóbrega y nocturna que atemoriza al niño interpretado por la joven soprano Chloé Briot. Los demás cantantes han sido o son miembros de la Academia europea de música. Cada uno interpreta varios papeles lo que les obliga a cambios constantes de vestuario y de interpretación.
Aunque Ravel orquestó esta pieza a lo grande, su carácter intimista y poético se adapta bien a esta reducción camerística.















