El órgano Blancafort de Montserrat sigue mostrando al público el abanico de sus amplias posibilidades. Después del inicio de la segunda edición del festival internacional dedicado a este instrumento con una recreación de lo que era una misa conventual en los años a caballo de los siglos XVII y XVIII, el segundo concierto, el 14 de julio, fue dedicado a un diálogo entre la voz y el instrumento con tres de los mejores intérpretes del panorama musical catalán del momento en sus especialidades.
La soprano Marta Mathéu, la mesosoprano Marta Infante y el organista Miquel González llenaron la basílica con las notas de Bach y Händel. La música del cantor de Leipzig es casi obligada en Montserrat y en especial en este festival dedicado a la memoria de Cassià M. Just.
Aquel abad, fallecido en el 2008 y promotor de la construcción del nuevo instrumento que no pudo ver acabado, dedicó muchas y muchas horas de estudio a la obra para órgano de Bach. Sus interpretaciones siguen bien vivas en el recuerdo de muchos. No lo tienen fácil los organistas sentados ante la consola de aquel instrumento en la basílica montserratina, aunque en este caso, González lo conoce bien por haber grabado un CD.
Quizá por ello, la interpretación de la parte dedicada a Bach, tanto los preludios y una fuga para órgano solo como las que incorporaban las voces femeninas resultó encorsetada.
Las dos voces se sumaron al blancafort para interpretar un Christe eleison, dos arias de La Pasión según San Mateo, así como un coral y un aria de dos cantatas. Mathéu derrochó su capacidad para regular la voz desde unos pianissimi casi inaudibles por unos instantes a un crescendo seguro y potente mientras Infante envolvía la basílica con su la voz llena y aterciopelada.
La contención con la que se desarrolló la parta dedicada a Bach desapareció con Händel de quien se interpretaron varios fragmentos del oratorio Judas Macabeo. Fue entonces cuando órgano y voces trasmitieron plenamente unos estados de ánimo que van del miedo del pueblo israelita (From this dread scene), a la paz amorosa (Oh lovely peace!) y a la libertad (Come, ever smiling liberty).
El concierto acabó con un bis que era una continuación del händel oído hasta entonces. Fue el dúo Sing unto God (el popular Canticorum Iubilo) del mismo oratorio. Faltaba el coro, pero el órgano pudo con todo lo que faltaba.

















