Las voces silenciadas de Bayreuth

Paneles de la exposición 'Voces silenciadas' con el busto de Richard Wagner al fondo. JENS HOMMEL.

Paneles de la exposición 'Voces silenciadas' con el busto de Richard Wagner al fondo. JENS HOMMEL.

Richard Wagner fue el compositor de la redención. La del hombre, mediante el amor. La del mundo, por el arte. Hoy, en Bayreuth, en el festival que creó a su medida, hay otra redención en marcha. Es la de su pasado más oscuro y siniestro mediante el conocimiento y el recuerdo de las que fueron sus víctimas.

La exposición Voces silenciadas. El festival de Bayreuth y los ‘Judíos’, 1876-1945 es la primera gran aproximación al antisemitismo que bullía en Bayreuth y que, como las fechas indican, es anterior a la llegada del nazismo y a la apropiación que el régimen de Hitler hizo del certamen operístico.

Esta exposición parte de otra anterior sobre la expulsión de los artistas judíos de los teatros de ópera alemanes entre 1933 y 1945. Recorrió algunas ciudades, pero no llegó a Bayreuth. Sin embargo, aquella muestra apuntaba a la existencia de un frente ideológico antisemita anterior al nazismo. Y esta exploración se ha concretado en la exposición actual en la ciudad wagneriana. La muestra asume todo su valor cuando el propio compositor fue un antisemita declarado como atestigua su escrito El judaísmo en la música (1850), y pone de relieve como en casa Wagner los artistas judíos fueron denigrados y marginados mucho antes de 1933.

Una anécdota recogida por Jonathan Carr en El clan Wagner (Turner) procedente de las memorias del director Felix Weingartner lo ilustra. Por falta de recursos para su segundo festival en 1882, Wagner tuvo que aceptar la orquesta muniquesa que le ofreció Luis II dirigida por Hermann Levi.

El director Fritz Busch. STAATSOPER DRESDEN / U. RICHTER.

El director Fritz Busch. STAATSOPER DRESDEN / U. RICHTER.

Weingartner era entonces un joven ayudante de dirección y quedó estupefacto al ver el desprecio constante, “mal disimulado bajo la máscara de la amistad”, que la familia Wagner daba al director judío. Cuando el asistente le peguntó a Levi cómo podía aceptar aquel trato, éste le respondió: “A usted todo lo resulta muy fácil en esta casa… teniendo en cuenta que es ario”. (Cabe añadir que Weingartner no era judío, pero también sería represaliado por su postura antinazi, lo mismo que el también director  Fritz Busch).

Cuando Cósima, la viuda del compositor, asumió la dirección del festival en 1885, el antisemitismo se convirtió en política artística a la hora de contratar. El hijo Siegfried continuó la misma política como documentan la biografía de 31 artistas recogidas en la exposición.

Y además, en la casa familiar Wanhfried se gestaron y estructuraron muchas ideas que sirvieron para dar base pseudointelectual al pangermanismo y a la política racial nazi gracias a Houston Stewart Chamberlain, un inglés, rendido admirador de Wagner, que acabaría casándose con una hija del compositor.

La exposición está dividida en dos partes. La primera, más general, está en el Ayuntamiento de la ciudad. Allí se examina la política seguida por el régimen con los artistas musicales judíos y el destino de 44 de ellos vinculados a la ópera como directores, cantantes o compositores.

El régimen imponía primero la muerte social con la prohibición de interpretar en público. Venía después la reducción al gueto cuando se les obligaba a actuar solo ante un público judío, siempre tras pasar censura, después de que se les prohibiera tocar música de compositores considerados netamente alemanes como Beethoven, Mozart o Wagner.

Después vendría el exilio y, para los que se quedaron en Alemania, la deportación a los campos de concentración y la muerte en muchos casos.

La segunda parte de la exposición está en los jardines contiguos al teatro y consiste en unos austeros paneles hincados en el suelo con la biografía de 53 artistas que en algún momento de su carrera artística pasaron por el festival de Bayreuth y fueron perseguidos por ser judíos. De ellos, 12 fueron deportados y asesinados.

De algunos de ellos apenas queda el recuerdo. De otros, pervive su voz. Y el mejor homenaje que puede rendirles el visitante es escuchar el material de audio que hay en la exposición. Allí está la voz de Lotte Lehmann con Komm Hoffnung, el canto a la esperanza que compuso Beethoven para su Fidelio; la de Fritzi Massary en un chispeante fragmento de La viuda alegre; la del barítono Friedrich Schorr interpretando Wahn! Wahn! überall Wahn!, uno de los momentos más bellos de Los maestros cantores de Nuremberg, de Wagner, o la voz de Alexander Kipnis en una incursión verdiana de Simon Boccanegra.