Las turbaciones de una ‘e-lectora’

Un viajero del metro de Cambridge, Massachusetts, con su libro electrónico. REUTERS / BRIAN SNYDER.

Un viajero del metro de Cambridge, Massachusetts, con su libro electrónico. REUTERS / BRIAN SNYDER.

Desde que las pasadas Navidades les pedí a los Reyes Magos un Kindle, y muy amablemente me lo trajeron, vivo en una situación de raro desconcierto. Y no por un asalto repentino de nostalgia por el libro en papel. Ni tampoco porque no me haya acostumbrado a leer en una pantallita o a seguir el avance de la lectura por porcentajes de volumen leído y no por número de páginas devoradas.

Todo lo contrario. Me he enamorado de mi e-book y ha sido un enamoramiento que ha ido creciendo ante la necesidad de reducir la biblioteca obligada por un traslado.

Lo que me desconcierta son las cosas que se van  publicando sobre el libro digital, o más concretamente, sobre los lectores/usuarios. Resulta que según datos recientes del informe Global eBook Monitor, pertenezco al reducido club de internautas españoles, el 13%, que ha pagado por descargarse contenidos. El resto, o no sabe que se pueden descargar libros o son partidarios del gratis total.

Un lector electrónico. JOSE LUIS ROCA.

Un lector electrónico. JOSE LUIS ROCA.

Otros datos que confirman la pulsión gratuita, inexplicable para quien considera que todo trabajo debe ser remunerado, lo daba el barómetro de la Federación de Gremios de Editores de España cuando aseguraba que, el 63% de los lectores digitales, que son el 4,2% del total de la población, nunca paga por un e-book y dudo mucho que se trate de lectores de Lope de Vega, Miguel de Cervantes o Francisco de Quevedo cuyas maravillas literarias sí se pueden descargar gratuitamente por no existir derechos de autor sobre sus obras.

Otro dato que me descoloca es saber que los compradores de libros digitales son jóvenes entre los 18 y los 24 años. Y claro, resulta que yo podría ser su madre y, si me apuran, casi la abuela de los jovencísimos.

Pero la máxima turbación me vino al leer unas declaraciones de Jonathan Franzen. El escritor estadounidense decía que los libros electrónicos dañan a la sociedad porque corrompen sus valores.

Jonathan Franzen. LAIF-CORDON / EDITORIAL SALAMANDRA.

Jonathan Franzen. LAIF-CORDON / EDITORIAL SALAMANDRA.

Esto son palabras mayores que a mi me pillaron leyendo causalmente su último éxito Freedom (Libertad) considerada por muchos (no por mí) como la gran novela americana.

¿Qué hacer? ¿Debía borrar la novela de mi lector, llevar el Kindle directamente al punto de reciclaje para su destrucción, denunciar a los Reyes Magos o al señor Amazon porque había vendido un producto que al parecer es muy pernicioso y puede dañar seriamente mi salud?

Pensándolo bien, decidí seguir leyendo la novela. Había pagado 5,17 euros por la versión original en inglés y es de suponer que de esta cantidad, a Franzen le corresponde una parte como derechos de autor. Porque no es creíble que el libro se esté vendiendo en su versión digital sin su consentimiento o sin ingresar lo que le corresponde por la venta.

Y además, ¿acaso soy distinta a un lector de libros de papel? De ser Franzen, yo estaría encantada de vender libros, en papel o en digital. Porque a fin de cuentas, es de suponer que el aclamado autor de Las correcciones y Libertad escribe para que le lean. ¿O no?