Las ratas van conquistando Bayreuth

Susan Mclean (Ortrud) y Annette Dasch (Elsa), en 'Lohengrin'. ENRICO NAWRATH

Susan Mclean (Ortrud) y Annette Dasch (Elsa), en 'Lohengrin'. ENRICO NAWRATH

Hans Neuenfels, el director de escena del Lohengrin que ha vuelto a subir al escenario del Festival de Bayreuth, se pregunta en el programa de mano si tres años después de su estreno esta producción sigue siendo válida. La respuesta que él mismo da es afirmativa. Y así es.

Este Lohengrin que causó protestas y desconcierto en su estreno en el 2010 por haber convertido a los habitantes de Brabante donde se desarrolla la historia en ratas (eso sí, simpatiquísimas), sigue siendo rechazado por una parte del público, pero va ganando aceptación.

Las ratas como metáfora de las masas y de su conducta resulta más y más inteligible. La disposición que manifiestan los roedores a aceptar cualquier oferta (la del malvado Telramund, la del justo y bondadoso Lohengrin o la aún desconocida de Gottfried) aunque ello implique cambiar de piel, no deja de ser de gran actualidad cuando los populismos vuelven a ganar terreno en una Europa que se va empobreciendo e indignando, lo mismo que aquellos ciudadanos de Brabante, agotados por las luchas contra un enemigo externo y por el poder interno.

Y a fin de cuentas, si Wagner y la leyenda convierten a Gottfried, el heredero del reino, en un cisne, ¿por qué no convertir a sus habitantes en roedores?

Klaus Florian Vogt, como Lohengrin. ENRICO NAWRATH.

Klaus Florian Vogt, como Lohengrin. ENRICO NAWRATH.

Pero Lohengrin es eso y más. Es una historia de amor o, mejor dicho, una historia sobre de la imposibilidad final del amor. En Una comunicación a mis amigos (1851), el compositor explicaba que el caballero Lohengrin va en busca de una mujer que le ame incondicionalmente, que le entienda, que le saque de su aislamiento.

Sin embargo, el caballero no se lo pone nada fácil a sí mismo porque le impone a la mujer que salva y de la que se enamora una condición difícil de respetar. Elsa nunca debe preguntarle quién es ni de dónde viene. Naturalmente, la tentación de saber es superior. De este modo, Wagner, el gran romántico,  constata la imposibilidad de un amor total.

El mensaje final es el puro pesimismo reflejado en los versos del prerromántico Friedrich Schiller en su balada Cassandra: “¿Hay que levantar el velo / que esconde la próxima catástrofe? / La vida es un mero error / y el saber es la muerte”.

Con su canto impecable, el tenor Klaus Florian Vogt da vida al protagonista por segundo año en esta producción. A su lado, la muy popular en Alemania Annette Dasch ofrece una Elsa insípida y algo agotada. Además de la pareja protagonista y la de Samuel Youn como el heraldo del rey, los demás intérpretes son nuevos en esta producción.

Wilhelm Schwinghammer es el rey Heinrich; Thomas J. Mayer es Telramund y Susan Maclean, Ortrud. Se echa de menos a Georg Zeppenfeld o a Petra Lang. Andris Nelsons repite al frente de la siempre competente orquesta, tan competente como el coro que dirige Eberhard Friedrich. Este reparto será el mismo que venga a Barcelona, al Liceu, en septiembre.