“La única mujer en Italia que haya sabido lo que es la pintura, y el color, y el empaste, y…”. Lo dijo en 1916 uno de los grandes críticos de arte de aquel país, Roberto Longhi, y lo dijo de una artista que había vivido tres siglos atrás, de Artemisia Gentileschi (1593-1652), una mujer que había recibido encargos de todos los poderosos de la tierra, ya fueran papas, cardenales, reyes o príncipes.
Sin embargo, la contundente frase de Longhi no bastó para que se diera a la pintora el reconocimiento artístico que su obra merece y que el paso del tiempo le había negado. Tuvo que acabar la segunda guerra mundial para que el nombre de Artemisia se hiciera famoso, pero aún así, no fue por su propia obra, sino que la fama le llegó gracias a una novela, Artemisia (Genérico), que Anna Banti, la mujer de Longhi, publicó en 1947.
La exposición Artemisia Gentileschi. Historia de una pasión, que se puede ver en Milán hasta el 29 de enero en el Palazzo Reale, a dos pasos del Duomo, pone finalmente las cosas en su sitio.
Ser mujer y ser artista nunca ha sido fácil. Menos todavía en el siglo XVII cuando academias artísticas y talleres eran exclusivos de los hombres. Dos circunstancias marcaron para bien y para mal toda su vida, su padre y la violación que sufrió a los 18 años.
Artemisia nació en una familia de artistas. Lo eran sus tíos y lo era su padre, Orazio Gentileschi, un pintor muy solicitado en la Roma papal y en el Londres de los Estuardo, que pintaba con una notoria influencia de Caravaggio. Artemisia, que tenía un talento innato para la pintura, creció junto a los pinceles de un padre autoritario quien le enseñó el oficio y la convirtió en uno de sus ayudantes.
En el taller del padre también estaba Agostino Tassi, un experto en la técnica paisajística y la perspectiva, cuya (mala) fama ha pasado a la historia por haber estuprado a Artemisia, cuando esta tenía 18 años.
Al quedar claro que Tassi no iba a casarse con la víctima, el padre lo denunció y se inició un largo proceso que acabó en la condena del violador después de que la víctima tuviera que someterse a un examen ginecológico y a la tortura del aplastamiento de los pulgares.

'Judit y la sirvienta Abra con la cabeza de Holofernes', de Artemisia Gentileschi. (C) ARCHIVI ALINARI, FLORENCIA.
La sombra del padre, pintor de gran éxito, y la violación y posterior proceso cuyas actas explican lo ocurrido con una claridad meridiana, arrinconaron a la Artemisia pintora convertida en la segunda mitad del siglo XX en una figura reconocida por el feminismo, no tanto por sus méritos artísticos como por su recorrido personal, hecho de valor, fuerza y tenacidad.
Su obra está repartida por museos y colecciones de todo el mundo y hubo que esperar hasta 1991 para que se le dedicara una primera exposición en Florencia. Diez años después, Roma, Nueva York y Saint Louis pudieron contemplar sus obras, pero dentro de una muestra dedicada a los Gentileschi en la que el mayor peso era para Orazio, el padre.
La antológica de Milán, formada por una cincuentena de cuadros que abarcan toda su vida creativa, desde sus inicios en Roma, su estancia en Florencia, el retorno a Roma y la última parte de su vida en Nápoles, es pues la exposición más completa y la que pone por delante sus grandes méritos artísticos.
La decapitación de Holofernes a manos de Judit, es un tema cuyo dramatismo y teatralidad respondían a la perfección a las exigencias del barroco, y por ello fue frecuentado por muchos pintores, entre ellos, Caravaggio, Simon Vouet (gran amigo de Artemisia) y Cristofano Allori.
En manos de la Gentileschi que lo pintó varias veces (en la exposición hay una tela de 1612 y otra de 1620) adquiere una fuerza especial. Las dos mujeres, Judit en el momento del degüello con la espada y la criada que intenta sujetar a la víctima, aparecen como dos mujeres fuertes, serenamente concentradas en la muerte que están inflingiendo al invasor asirio, sin asomo de sadismo.
Lo mismo puede decirse de las varias versiones expuestas de Judit y la criada Abra con la cabeza de Holofernes, momento en que la cabeza del general enemigo ya ha sido seccionada. O de Jael y Sisara, otra escena bíblica en la que la israelita Jael mata al opresor cananeo Sisara clavándole un gran clavo en la oreja con un martillo.
Si el tema de estas obras, al igual que su Dalila y Sansón, requiere

'Autorretrato como tañedora de laúd', de Artemisia Gentileschi. (C) CURTIS GALLERIES, MINNEAPOLIS, MINNESOTA.
protagonistas femeninas fuertes, la fortaleza también es evidente en obras que no necesitan el dramatismo de las citadas. En La ninfa Corisca y el sátiro, la sílfide no solo no está asustada por la persecución del lascivo, sino que consigue engañarle.
Incluso las protagonistas de La Virgen que amamanta al Niño, Alegoría de la Fama o Cleopatra revelan una personalidad fuerte y al mismo tiempo serena, características también evidentes en su Autorretrato como tañedora de laúd donde se aprecia su mirada profunda. Quizá sea en las varias versiones de María Magdalena donde se entrevé un dejo de angustia.
Con su estilo altamente expresivo, Artemisia Gentileschi ocupó un lugar destacado en la generación de pintores posterior a la de Caravaggio, un lugar que ahora, tres siglos después, recupera para que podamos descubrir la modernidad de su mirada.














