A la señora baronesa le estaré siempre agradecida por permitirme/nos contemplar un legado artístico que parece sacado de un inagotable pozo sin fondo siempre enriquecedor, polémicas y métodos aparte.
Sant Feliu de Guíxols, lugar al que Tita Cervera siempre ha sido fiel –tanto a las duras como a las maduras–, es desde este verano otro punto dónde contemplar retazos de su colección.
Del recién creado Espai Carmen Thyssen, ubicado en dependencias del monasterio medieval, cuelga la exposición inaugural Paisatges de llum, paisatges de somni. De Gauguin a Delvaux (hasta el 7 de octubre).
Contrariamente a lo evanescente del título, la muestra tiene un recorrido muy bien trazado que se pasea entre dos polos, la ciudad y la naturaleza. Hay urbes que han sido siempre un gran escenario, un decorado natural. Han encontrado su reproducción en las telas de tantos y tantos artistas más allá del folclorismo.
París y Venecia pertenecen a esta categoría (sin duda habría que añadir Roma) y la exposición permite constatarlo con un considerable número de cuadros dedicados a ambas ciudades.
Pero el que llamó mi atención fue una tela de discretas dimensiones (29,9 x 50,8 cm) perteneciente al otro recorrido, al de la naturaleza, aunque al fondo se adivine una ciudad.
El cuadro es Marina con faro, Atlantic City, de William Trost Richards (1833-1905), pintado en 1873. Y lo que hizo que me detuviera ante este paisaje de aguas verdosas y luz dorada, filtrada a través de un hueco en las nubes que escampan después de la tormenta, fue un recuerdo activado sí por la luz, pero sobre todo por los maderos arrastrados a la playa por el oleaje.
Recordé de repente la obra de un jovencísimo pintor de nuestros días, del asturiano Hugo Fontela (Grado, 1986), afincado en Nueva York desde el 2005. La exposición Camins de terra, camins de mar, expuesta en el Museu de Montserrat el pasado año, mostraba repetidamente uno de sus temas favoritos, las palmeras varadas en las playas del Atlántico:
“Si a principios del siglo XX alguno de mis antepasados no hubiese decidido emigrar desde Asturias a América y asentarse en las costas de Florida, en Tampa, probablemente yo no hubiese descubierto, casi un siglo después, la naturaleza salvaje y exuberante de su mar verdoso, ni tampoco las palmeras que tanto me han obsesionado en los últimos tiempos. Las encontré paseando por la playa, varadas en la arena como un naufrago desterrado tras un temporal. Llevo más de dos años trabajando en ellas, pensando en ellas, y aun me cautiva la solemnidad de su cadáver, postrado frente a la inmensidad del mar.”
Más de 1.500 kilómetros separan Atlantic City de Tampa y más de 130 años la obra de Richards y la de Fontela, pero hay algo perenne, algo que no cambia. Es el mismo mar. El mismo cielo. La misma sensibilidad.
Gracias, señora baronesa.















