
Tilda Espluga, Patricia Mendoza y Mireia Trias, en una escena del montaje 'Les tres germanes' que se representa en la Sala Atrium.
En el bote de las salas pequeñas se sigue haciendo la buena confitura teatral. El último ejemplo es el montaje de ‘Les tres germanes (Deconstructing Chéjov)’, que se representa hasta el 26 en la Sala Atrium. Una inteligente adaptación de la obra del clásico ruso hecha por José Sanchis Sinisterra por encargo del teatro y un atinado montaje de Raimon Molins, apoyado en el buen trabajo de las actrices protagonistas, hacen de este espectáculo uno de los más atractivos de la actual cartelera.
Pero si el éxito de público que está teniendo esta propuesta ya resulta satisfactorio aún lo es más el resultado obtenido por esta versión. La reescritura de Sinisterra logra, sin apearse ni un ápice de la esencia del discurso chejoviano, que la universal historia funcione. Pero más que una deconstrucción de la obra lo que proyecta el dramaturgo valenciano es una mirada desde el interior de las protagonistas que el espectador capta rápidamente en toda su dimensión si está familiarizado con el texto original, aunque tampoco es difícil de asumir para quien se enfrenta por primera vez a esta función.
A fin de cuentas lo que prevalece es ese mundo de ilusiones, frustraciones y angustias que Olga, Masha e Irina desarrollan en su tediosa existencia un año después de la muerte de su padre. Volver al añorado Moscú de su infancia, dejando atrás las ataduras y convenciones de la vida en una ciudad de provincias, sigue siendo el sueño que nunca se cumplirá. El hecho de que en escena solo aparezcan las tres protagonistas no impide que personajes como Andrei, el hermano de ellas, y su mujer o el marido de Masha, entre otros, estén presentes en el relato sin que se les eche en falta físicamente.
El recurso de las entradas y salidas de la ficción es uno de los logros de esta representación reducida a una hora y 20 minutos, ya que permite resituar constantemente la trama. Tragedia y humor se combinan en un logrado cóctel que encuentra en el marco de una puesta en escena, perfectamente adaptada a las dimensiones del espacio, la complementariedad para que todo funcione.
Todo discurre en el salón de una casa amueblada con un piano, mesas, sillas, un mapa, lámparas, velas y 10 relojes de pared, que marcan el paso de ese inacabable tiempo de espera. Las protagonistas, impulsadas por la ansiedad, mueven las agujas de los relojes para adelantar las horas como si trataran de saltarse los momentos de vacío que anteceden a la llegada de un signo exterior de cambio. La iluminación ayuda a realzar y oscurecer los momentos de tensión dramática. Se agradece que el montaje no haya recurrido a la tentación de la actualización escénica. A excepción de versiones como la de Veronese, la mayoría resultan forzadas y fallidas. Y reconforta que Sinisterra y Molins nos hayan permitido disfrutar, con su reinterpretación, del aroma del clásico.
Todas las actrices están muy bien. Tilda Espluga (Olga), la profesora y hermana mayor, lleva con solvencia la voz cantante de la función. Mireia Trias (Masha) representa bien el carácter de la más débil e influenciable de las tres, y Patricia Mendoza (Irina), la pequeña, hace un derroche de luminosidad. Sus gestos y sus miradas lo dicen todo. La suya es una exhibición de talento interpretativo.
Finalmente es estimulante constatar cómo, en plena crisis, el empuje del equipo de la sala de Consell de Cent lleva camino de consolidar un proyecto que ha cosechado ya notables éxitos con las anteriores representaciones de ‘Carmela, Lili, Amanda’ y ‘Quartett’. A falta de recursos, imaginación.













