Gore Vidal, el europeo

Gore Vidal y la actriz Joanne Woodward, en una ceremonia, en Nueva York, en el 2009. AP / TINA FINEBERG.

Gore Vidal y la actriz Joanne Woodward, en una ceremonia, en Nueva York, en el 2009. AP / TINA FINEBERG.

Múltiples facetas definen al ahora fallecido Gore Vidal. El escritor estadounidense fue  incansable y muy bueno, ya fuera tejiendo tramas novelísticas, como guionista de Hollywood o como analista e historiador en los múltiples ensayos que nos ha dejado.

Fue un político frustrado y un activista pertinaz. Hombre de vastísima cultura clásica, curioso y agudo de palabra y pensamiento, nunca le asustó la provocación aunque tampoco la buscó como fin.

El haber nacido en el seno de una dinastía política le convertía en parte de la aristocracia estadounidense, si es que esto existe, y fue siempre un liberal, lo que aquí llamaríamos un progresista. Azote de los muchos males de la democracia de su país, el tándem Bush-Cheney y su guerra contra el terrorismo le dieron motivo más que sobrado para afilar sus críticas. “Nos acercamos a la bancarrota –decía– y sin embargo Bush insiste en hacer la guerra. No de conquista ni por el petróleo, sino por vanidad”.

Vidal, en 1974. AP.

Vidal, en 1974. AP.

Vidal fue uno de estos raros estadounidenses que entendía a Europa y la amaba. Los largos años vividos en Italia así lo atestiguan. Vidal, como tantos norteamericanos artistas y escritores –o aspirante a serlo—homosexuales, llegó a Roma en los años 50, huyendo del puritanismo de su país, en busca de la libertad personal que la catolicísima capital de la cristiandad ofrecía.

Primero en la ciudad y desde 1972 en La Rondinaia, la casa en Ravello desde la que se admira el espectacular paisaje de la costa amalfitana, Vidal construyó su mundo literario de fuertes raíces clásicas. 

Muchas de sus novelas causaron escándalo en unos EEUU mojigatos. Por ejemplo, la segunda que escribió, The city and the Pillar, basada en su propia experiencia en Italia, en la que planteaba abiertamente una relación homosexual.

Pero el Vidal que a mí siempre me ha interesado es el que explicaba los orígenes de la democracia estadounidense y la historia de su país hasta nuestros días.

La invención de una nación: Washington, Adams y Jefferson, es uno de los ensayos más esclarecedores sobre los aspectos constitucionales del nacimiento de aquella república, pero también sobre las personalidades que la alumbraron. De ellos en una ocasión Vidal dijo: “EEUU lo fundó la gente más brillante del país, pero desde entonces no les hemos vuelto a ver”.

Los ensayos recogidos en Patria e imperio o la vida novelada del presidente Lincoln constituyen otras fuentes imprescindibles de conocimiento de EEUU.

En los años 80, Vidal hizo unos documentales televisivos sobre Venecia que después su amigo, el periodista George Armstrong, editaría en libro. Eran Vidal en estado puro. Allí aparecía el escritor con aires de solemnidad, el amante de la cámara, el hombre culto que podía hablar con gran soltura de Veronese, Tintoretto, Vivaldi, o Richard Wagner, que allí murió, o de su compatriota Henry James, y también el Vidal ingenioso y agudo.

Encontraba relaciones entre la Serenísima República Veneciana y la americana. Una de ellas, la del arquitecto Andrea Palladio bajo cuya influencia Jefferson construyó la casa de su plantación Monticello, en Virginia. Sería el neoclasicismo del arquitecto véneto el que se utilizaría para construir uno de los edificios más emblemáticos de EEUU, la Casa Blanca.

Otra semejanza que Vidal encontraba: “Ambas repúblicas aceptan como algo perfectamente natural la codicia humana”.

El escritor estaba a gusto en Venecia o en Ravello. En Europa. Solo la muerte de su compañero Howard Austen en el 2003 lo llevó de regreso a EEUU.