Parece el título de una película de Peter Greenaway. También podría ser el del sainete que se desarrolla en las sigilosas estancias pontificias. Parece no haber rincón ni actividad en el Vaticano libre de las intrigas que están saliendo a la luz en las últimas semanas.
Hemos tenido noticia de un mayordomo detenido, de un banquero puesto de patitas en la calle, de anónimos intrigantes con birreta cardenalicia y demás personajes con sotana. Ni siquiera la música sacra se libra de golpes y contragolpes en la lucha que se ha desatado por el poder en el minúsculo Estado temporal dedicado a asuntos espirituales.
En la vertiente musical de esta guerra, el canto gregoriano es un arma arrojadiza entre las dos partes en liza. A un lado estarían la Secretaría de Estado que dirige el polémico Tarcisio Bertone; el cardenal Gianfranco Ravasi, ministro de Cultura vaticano, y Massimo Palombella, actual director del coro de la Capilla Sixtina. De otra, Benedicto XVI, la Congregación para el culto divino y el Instituto Pontificio para la Música Sacra (IPMS).
Preside esta última institución que hace las veces de conservatorio el catalán Valentí Miserachs. El pasado año debía ser relevado en el cargo por acabar su mandato, pero aún sigue en él después de que la Secretaría de Estado rechazara el candidato a la sucesión presentado por la congregación dedicada al culto.
En el 2010 ya ocurrió algo parecido con el nombramiento del nuevo director del coro de la Capilla Sixtina, la formación vocal que acompaña musicalmente las grandes celebraciones pontificias. En aquella ocasión ya fue la Secretaría de Estado quien decidió el nombramiento y a decir de Sandro Magister, un experto en asuntos vaticanos, se hizo “entre los menos competentes”, sin que el nuevo director, el citado Palombella, haya sacado al coro “del declive en el que había caído”.
El enfrentamiento no se limita a personas y cargos. Tiene un alcance mucho más amplio y más profundo. Remite al mismo concepto de música sacra. La tradición musical cristiana tiene dos pilares fundamentales, el canto gregoriano y la polifonía desarrollada por Giovanni Pierluigi da Palestrina, el compositor que representó la culminación musical del Renacimiento.
Con la puesta al día del Concilio Vaticano II, aquellos pilares, en particular el gregoriano, recularon hasta casi desaparecer de la liturgia pese a que el mismo Concilio, en el artículo 116 de la constitución Sacrosanctum Concilium, reconociera este canto como el propio de la liturgia romana y que, en igualdad de circunstancias, “hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas”. Dicho artículo defendía asimismo el uso de otros géneros, “en particular la polifonía”, y añadía que “de ninguna manera han de excluirse en la celebración de los oficios divinos…”
Desde la Congregación para el culto divino y el conservatorio hay la voluntad de recuperar este patrimonio musical extraordinario de la Iglesia que es el gregoriano. Esta voluntad choca con las otras altas instancias. Hace pocos días, en una conferencia sobre dicha materia artístico/religiosa Miserachs denunciaba la escasa formación litúrgica y musical que hay en los seminarios.
En el mismo encuentro, el madrileño Juan-Miguel Ferrer Grenesche, subsecretario de la Congregación para el culto divino, anunciaba la próxima creación de un departamento para las artes y la música litúrgica, uno de cuyos objetivos sería la recuperación del gregoriano. Según Magister, la Secretaría de Estado ha puesto el freno.
Como en las novelas de intriga: continuará.
















