Durante más de 40 años los niños de media Europa se han hecho mayores imaginándose que son unos aguerridos luchadores contra el imperio romano. Ellos siempre han formado parte de los buenos, es decir los galos, mientras que los romanos han sido los malos. Nuestros hijos han crecido leyendo cómics, viendo películas por el ordenador y la televisión o yendo al cine considerando que Astérix era el primer héroe de la historia, el primer luchador contra la tiranía, el personaje que enarbolaba el triple mensaje que muchos años después de que naciera y muriera encarnaría el origen de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad.
Pues lo que son las cosas. En estos tiempos en que todo cambia (seguramente para ir a peor), en los que ya se empieza a decir aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor Astérix, el primer héroe francés, otrora llamado galo, si se sentase ante los tres jueces del Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS), muy pocos datos podría aportar para defenderse de la acusación de dopaje. Astérix sería condenado a dos años de dopaje por no poder justificar la composición de la poción mágica, el secreto mejor guardado por el druida Panorámix. Y, seguramente, si entre los letrados del TAS hubiera alguno que, aparte de abogado, fuera druida –ya se sabe, los elementos mágicos que dan una fuerza sobrehumana solo se pueden transmitir de druida a druida—y consiguiera la fórmula enseguida sería incluida dentro de las sustancias prohibidas del Código Mundial Antidopaje.
Los libros de Astérix, señores, son una apología al dopaje porque vence a sus rivales no por el entrenamiento con el escudo y la espada, no por pasarse horas y horas corriendo para ser más rápido que los romanos, no… El secreto de Astérix para ser mejor que sus contrincantes es solo a base de una sustancia prohibida no identificada que se llama poción mágica. Y, además, para cargar más de razones a los intransigentes señores del TAS y a la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) no solo la utiliza en competiciones que están fuera del programa olímpico como golpear al contrario repetidamente contra el suelo, por ejemplo. Astérix hizo gala de la poción mágica para participar en los Juegos Olímpicos de Atenas. Hay un libro, editado en 1968, que así lo explica. Y dentro de este cuaderno aparece la prueba palpable de que ya en aquella época, 50 años antes de que naciera Jesucristo, los atletas romanos, que tuvieron que convertirse en aliados deportivos de Astérix, fueron descalificados por ganar a sus oponentes griegos (país que ya por aquel entonces, como ahora, estaba en decadencia) gracias al uso de una sustancia prohibida que fue descubierta, como si se tratase de un control, por el colorido azul de la lengua. Se doparon. Y lo hicieron a través de un producto de origen francés todavía no especificado.
La pedagogía debe cambiar. Ahora cuando nuestros hijos cojan un álbum de Astérix –por favor que no reniegen a la hora de leer— les tenemos que explicar que el pequeño galo se dopaba, que el pequeño francés tomaba sustancias prohibidas, que fue el primer atleta que usó de las artes ilegales para vencer a sus rivales y que cuando jueguen con otros niños no pueden coger un bidón, por ejemplo, y hacer ver que sorben un líquido. Es un pecado. Es una acción de dopaje.
Es una pena descubrir estas cosas estos días. Es una pena saber que Astérix nunca podría demostrar cómo ha llegado la poción a su cuerpo. Bueno, diría que la había bebido. Sin más. Pero sería castigado. Y perdería todos los títulos conseguidos en Hispania, en Helvetia, en Britania, en Germania. Y no digamos a su creador todavía vivo, Albert Uderzo. ¿Se sentaría a su lado cuando Astérix comparecería en rueda de prensa para hablar de su inocencia? ¿Le preguntarían también sobre las sustancias escondidas eternamente en el cuerpo de Obélix por caer de pequeño en la marmita? ¿Cómo respondería la prensa local más beligerante?
Astérix, Obélix, Uderzo y no digamos Panorámix… no tendrían perdón. Toda la dureza del TAS caería sobre ellos y el famoso galo sería bautizado como tricheur. Así es la vida de los pequeños guerreros, de los que luchan contra los romanos y de los que suben montañas.












Me ha encantado tu articulo, ademas de hacernos sonreir (cosa ya positiva en estos tiempos de oscurantismo y oscuridad) creo que toca un punto clave del absurdo colectivo en que viven nuestras sociedades (pesimamente autodenominadas modernas), la sociedad actual con sus cientos de miles de reglas, prohibiciones (y obvias y jugosas multas por supuesto) ha caido en el ridiculo colectivo de muchas maneras, pensemos por ejemplo en el hecho de que ya no saben ni siquiera si el idioma castellano esta bien o mal porque no existen palabras en ambos generos para definir todo o en esto del dopaje, donde resulta que unos señores de intenciones dudosas son quienes bendicen o maldicen a todos los demas, es como el asunto de las drogas en las que resulta que unas son legales y otras no, unas son malas pero se permiten y otras aun sin serlo estan prohibidas, etc. este articulo desnuda de manera inteligente dicho absurdo, yo por si acaso seguire hablando como hablaban mis padres y abuelos, seguire comiendo y bebiendo lo que ellos comian y bebian y seguire leyendo y divirtiendome con Asterix y demas heroes de la era preidiota.