
Robert Dean Smith (Tristan) e Iréne Theorin (Isolde), con la orquesa de Bayreuth, en el Liceu, el 6 de septiembre. A. BOFILL / GRAN TEATRE DEL LICEU.
Impregnados hasta el tuétano con la música de Richard Wagner que penetró por todos los poros. Así es como nos han dejado la orquesta, el coro (aunque en versión reducida el jueves) y los solistas del Festival de Bayreuth en su visita histórica al Gran Teatre del Liceu.
Después de las grandes interpretaciones de El Holandés errante y Lohengrin, correspondió a Tristan und Isolde cerrar este paréntesis extraordinario de pura magia musical en el teatro de La Rambla.
Este torrente inacabable de romanticismo absoluto que es Tristan und Isolde, el movimiento continuo de una música que no da espacio al respiro para contar la gran –e imposible– historia de amor tan antigua como las leyendas medievales celtas en las que se origina, se desbordó por todos los rincones del teatro.
Y como ni en Bayreuth son perfectos, hay que dejar constancia de que el veterano director austriaco Peter Schneider puso la orquesta a un volumen tal que dejaba a los solistas a merced de aquel torrente de decibelios.
Quien más sufrió con esta avalancha sonora fue Robert Dean Smith en el papel de Tristan, el más duro del repertorio wagneriano y del otro. Es un tenor de bella voz y canto seguro, quizá de expresión un poco sosa, pero que consigue algo tan difícil en esta ópera como es llegar vivo al tercer acto (aunque allí muera el personaje). Más de un tenor acaba su Tristan de forma casi más hablada que cantada.
El jueves en el Liceu Smith consiguió acabar bien, pero Schneider se lo puso muy difícil, tanto, que en algunos momentos de gran contundencia orquestal, desde los pisos superiores se le oía con dificultad.
La otra mitad de la pareja, Irene Théorin en el papel de Isolde, tiene tal torrente de voz que lo tuvo mucho más fácil, aunque alguna nota casi chillada en el segundo acto parecía querer recordar que ahí estaba ella.

Robert Dean Smith (Tristan) e Iréne Theorin (Isolde), en el Festival de Bayreuth. ENRICO NAWRATH / BAYREUTHER FESTSPIELE.
La soprano sueca asumió el papel de Isolde en Bayreuth en el 2008, sucediendo a Nina Stemme que había estrenado la producción de Christoph Marthaler que este año se ha despedido. Theorin todavía no es la nueva Stemme, una de las escasas isoldes de referencia hoy, pero va en camino de serlo. Quienes se lamentan de la falta de voces wagnerianas, ahí tienen una.
Michelle Breedt lleva los mismo años que Theorin haciendo el papel de la fiel Brängene en Bayreuth. Con el tiempo ha ido creciendo vocalmente en el papel y su actuación en el Liceu, particularmente en el segundo acto, desde dentro y fuera del escenario, demostró el dominio que tiene de la partitura.
Franz-Josef Selig, al que habíamos visto en El holandés errante (Daland), tuvo que sustituir a última hora al anunciado Robert Holl en el papel del rey Marke. El bajo hizo una gran interpretación de este personaje traicionado, dolido, pero generoso al mismo tiempo, con una seguridad y contundencia vocales admirables.
Jukka Rasilainen (Kurwenal), Ralf Lukas (Melot), Arnold Bezuyen (un pastor), Martin Snell (un timonel) y Clemens Biber (un joven marinero), comprimarios habituales de Bayreuth, completaron un reparto que para muchos ha sido el más homogéneo de los que se han visto y oído en este mágico festival wagneriano.
Como en las actuaciones anteriores, el público del Liceu despidió puesto en pie a los solistas y a la orquesta. Al coro, en esta ocasión solo de voces masculinas, lo habíamos despedido al final del primer acto.
Queda por hacer un balance global. Seguirá.













