¿Qué sería la música para órgano de no haber existido Johann Sebastian Bach? Con él empezó y con él acabó el último concierto del segundo Festival Internacional de Órgano de Montserrat.
En medio, dos compositores franceses postrománticos, Charles-Marie Widor y Felix-Alexandre Guilmant, aunque también en ellos, particularmente en el primero, había ecos del cantor de Leipzig.
Tocaba Philipp Meyer (1981), el joven organista alemán de la abadía benedictina de Maria Laach (Renania-Palatinado). Formado musicalmente en Heidelberg y Colonia, además de dirigir el coro de la abadía es el fundador del grupo vocal e instrumental Cappella Lacensis.
Con la Tocata en Mi mayor BWV 566 y el coral An Wasserflüssen Babylon Meyer abrió el apetito musical para dar a continuación un salto de 150 años y aterrizar en el gran momento del órgano sinfónico francés con Widor (1844-1937) y Guilmant (1837-1911). Estos compositores fueron el eslabón que enlazaba la tradición francesa entre compositores y organistas como Camille Saint Saëns y César Franck por una parte, y Marcel Dupré por otra.
Widor consideraba fundamental para todo organista el conocimiento de la gran obra de Bach y así lo inculcaba a sus alumnos. Él mismo compuso arreglos y variaciones de las obras del alemán. En Montserrat se pudieron oír tres de los seis arreglos de piezas de Bach que Widor publicó en 1925 reunidos en la colección titulada Bach’s Memento. Las notas delicadas de Pastorale (nº 1) y Miserere mei, Domine (nº 2), abrieron paso a una poderosa versión del final de La pasión según San Mateo.
De Guilmant el joven organista interpretó la Sonata nº 1 para gran órgano en Re menor, de 1875, una pieza con la misma estructura que una sinfonía para órgano que se adapta bien al nuevo instrumento de Montserrat, con un tema popular que va apareciendo en distintas formas a lo largo de los tres movimientos que la componen.
Acabado el programa del concierto, Meyer se abstuvo de agradecer los aplausos con unas improvisaciones sobre el Virolai como han hecho los otros intérpretes en los anteriores conciertos de este festival. Por el contrario, volvió a Bach para interpretar con gran vehemencia la Sinfonía de la Cantata nº 29, una pieza muy popular del gran maestro del órgano.
Enfundado en su hábito benedictino, el joven organista quiso compartir con el órgano Blancafort los aplausos que le dedicaba el público.














