Según en qué manos, la tragedia musical David et Jonathas de Marc-Antoine Charpentier podía ser un retazo del actual conflicto entre israelís y palestinos, o la historia de un trágico amor homosexual, o el retrato de un sátrapa barrido por la primavera árabe.
En las de William Christie y las de Andreas Homoki es una historia universal sobre el ejercicio del poder, sobre quienes lo detentan y quienes lo sufren, y sobre la paranoia que produce su abuso. Uno de los platos fuertes de la edición de este año del Festival de Aix en Provence es esta producción de la ópera barroca y el resultado responde a las expectativas.
David et Jonathas fue compuesta en 1688 para un colegio parisino de jesuitas del que salía la elite política del tiempo. Como tantas óperas barrocas francesas, cayó en el olvido hasta ser rescatada en 1981 para la Ópera de Lyon. Sin embargo, fue William Christie al frente de su grupo orquestal y coral Les Arts Florissants (nombre por cierto de otra ópera de Charpentier) quien la recuperó plenamente en 1988 con la grabación de un CD con las voces de Gerard Lesne, Monique Zanetti y Dominique Visse (una joven Veronique Gens es una pastorcilla). Después Christie la dirigió en varias ocasiones pero siempre en versiones de concierto.
La producción de Aix es pues la primera que Christie dirige para ser representada. El trabajo de recuperación del repertorio barroco hecho por el músico estadounidense afincando en Francia es siempre notabilísimo. Este caso no es una excepción.
David et Jonathas
es una tragedia bíblica que narra la relación entre el vencedor de Goliat y el hijo del rey Saúl. Es una relación de amor entorpecida por los enfrentamientos entre judíos y filisteos y por los celos que las victorias del antiguo pastor en los campos de batalla despiertan en un rey que se aferra enloquecidamente al poder.
En su puesta en escena para el Théâtre de l‘Archevêché, la sede histórica del festival, Andreas Homoki no cae en ninguna de las tentaciones apuntadas al principio. A lo sumo la aproxima a un tiempo que reconocemos como el de los años de la creación del Estado de Israel, pero no profundiza por este camino. Lo que presenta son dos comunidades distintas que viven con sus más y sus menos en el mismo territorio.
El escenario es una gran caja de madera que se divide, se encoje o se expande en función de los acontecimientos narrados. En algunos momentos puede resultar claustrofóbica o su austeridad, excesiva.
Las escenas colectivas como el lamento por la muerte de Jonathas (Ciel! Ciel! Il est mort!), en el que el coro que dirige Christie roza casi la perfección, se alternan con monólogos muy intimistas como el del rey Saúl cuando se pregunta si su hijo le ha traicionado. En unos y otros el conjunto orquestal trasmite la gran sensualidad de la música de Charpentier.
La obra fue compuesta para voces masculinas, pero el papel del joven Jonathas es interpretado en este caso por la soprano portuguesa Ana Quintans que lo canta con un gran sentido de aflicción. El tenor haute-contre Pascal Charbonneau es con su bella voz un David para quien ni el éxito en el campo de batalla ni el ceñir la corona real compensa la pérdida de su amado.
El bajo-barítono galés Neal Davies presenta de manera impecable todas las contradicciones de un rey Saúl abocado a la locura. La nota bufa la pone en el papel de Pitonista el contratenor Dominique Visse que, como es habitual en él, tiene una excesiva tendencia al histrionismo.
Acabado el festival provenzal, David et Jonathan iniciará un periplo que le llevará a Edimburgo, París, Caen y Nueva York. El Teatro Real de Madrid, que debía coproducir la obra, tuvo que renunciar. La crisis, maldita crisis.
















