¡Qué estupidez! La mía, desde luego. Siempre había entendido la ópera Tannhäuser, de Richard Wagner, como la lucha entre dos mundos opuestos, entre uno hedonista y otro espiritual, entre la sensualidad pagana y el ascetismo cristiano, entre el amor profano y el amor sagrado, entre la libertad absoluta y la disciplina rigurosa.
Sintetizando, Tannhäuser plantea la oposición entre el mundo dionisíaco, representado por la libertad del Venusberg, y el apolíneo, enmarcado por las estrictas normas del castillo de Wartburg.
Y entre estas dos maneras antagónicas de vivir la vida se debate el caballero medieval, buen conocedor de ambas.
Al ver el pasado año la nueva producción de dicha ópera en el Festival de Bayreuth me asaltaron muchas dudas sobre el significado de la puesta en escena. Vista este año por segunda vez y leído el programa de mano debo reconocer mi estupidez.
Lo que nos presenta el director de escena Sebastian Baumgarten, bien apoyado por la escenografía de Joep van Lieshout que traslada la acción a una planta de biogás, es un mundo gobernado por la tecnología. Hasta aquí, vale.
En 1879 Wagner se había manifestado públicamente en contra de la vivisección. La propuesta escénica parte del rechazo del compositor a un mundo donde el dominio de la ciencia o la tecnología despojan al hombre de sus capacidades para poder así dominarlo y convertirlo en un mero robot.
George Orwell, desde una óptica política, nos había advertido de este peligro en 1984. Y Aldous Huxley lo hizo con Un mundo feliz (desde luego, no es su mejor novela) para ridiculizar el entusiasmo por la utopía científica desarrollado por autores como H. G. Wells.
En el programa de mano Edward A. Bortnichak y Paula M. Bortnichak nos iluminan sobre esta producción desde una perspectiva bioética y nos explican que Baumgarten hace una crítica del transhumanismo y del futuro posthumano que dicho movimiento defiende.
Eso ya lo habíamos intuido el pasado año, pero resulta que si entendimos el marco general, no acertamos para nada en el resto. Los autores del artículo se manifiestan desconcertados porque, pese a que “el equipo creativo estaba dando a la audiencia de manera muy obvia las claves del concepto de producción”, la mayoría de los críticos y cronistas no supimos ver que lo que creíamos eran renacuajos o amebas, eran en realidad espermatozoides gigantes. Igualmente, en nuestra ignorancia, no supimos interpretar unas imágenes “tan obvias” del interior del cuerpo humano que aparecían en una pantalla.
Hay que aclarar que los espermatozoides (los de Woody Allen en una de sus primeras películas eran mucho más graciosos) aparecen en el Venusberg. Pero resulta que este lugar originalmente dionisíaco, sin restricciones, no es tal sino que es un laboratorio.
Tampoco supimos ver que cuando Tannhäuser vuelve de la peregrinación a Roma, a donde ha ido infructuosamente para pedir el perdón de sus pecados al Papa, regresa enfermo de sida y con la huella del sarcoma de Kaposi en su piel.
Afortunadamente, este año dirige Christian Thielemann, el director que se encuentra en un momento de madurez excelente, capaz de sacar la musicalidad más recóndita a las partituras wagnerianas. El poderío de su batuta consigue que el espectador se centre en la música más allá de lo que transcurre en el escenario con el exceso de acciones que se desarrollan en los distintos niveles del enorme decorado.
Cabe señalar que con relación al pasado año hay bastantes cambios. Se ha reducido el exceso de acciones que distraen la atención del espectador. Hay por ejemplo menos imágenes de video, se ha limitado el movimiento de los figurantes y el personaje del pastor aparece menos y no está tan borracho. También ha desparecido el enorme letrero de la marca registrada de la planta que no era otro que el de Wartburg.
Un cambio importante es la muerte de Elisabet. Este año ya no es Wolfram, su eterno y nunca correspondido enamorado, el que la empuja a la cámara de biogás. Es ella misma la que se mete en el cilindro. Y Tannhäuser se quita y pone menos veces los pantalones.
En la anterior edición, algunas voces naufragaron. Quienes les han sustituido este año han sacado un excelente como es el caso de Torsten Kerl en el papel protagonista y el de Michelle Breedt en el de una Venus capaz de mostrar una vena cómica.
Repiten Camilla Nylund como Elisabet, aunque su interpretación sigue lastrada por los espacios desde los que debe cantar y por los extraños movimientos que debe ejecutar; Günther Groissböck que canta de forma elegantísima el papel del Landgrave Hermann, y Michael Nagy como Wolfram.
















